¿Quién soy?

La primera vez que tuve conciencia de mí misma fue un poco después de la muerte de mi hermano. No sé de dónde vino la pregunta ni por qué se desato ante mí en tan extraño e inconveniente escenario. Estaba en casa de una tía y había ido al baño a hacer pipí, tenía ocho años, así que ya tenía la estatura adecuada para poder mirarme de la mitad del pecho para arriba, cómodamente, frente al espejo. Era uno de esos lavabos antiguos de casa de tía, con una loza de mármol y un espejo en tríptico, típico del diseño de los años ochenta. La manera en que se desplegaba mi reflejo en las tres partes que componían el rectángulo plateado me dejaba verme tres veces en ángulos distintos. Así que me miré a mi misma, usando mis gafas grandes de armazón rosa con dorado y un suéter negro, el moño de dimensiones ridículas que mi mamá me ponía en la cola de caballo que sujetaba, apretada, mi oscura cabellera, dejándome la frente descubierta salvo por el fleco. Y mientras perseguí sin utilidad la posibilidad de verme claramente de perfil me dieron ganas de saltar hacia atrás para distanciarme de mi misma. ¿Saltar hacia atrás, pero cómo? No sé. Pero el impulso era el que una parte de mí, la que era capaz de ver que era yo esa y no otra, la que era consciente de que era consciente, la que sabía que podía llamarse a sí por ese nombre y tener esa cara y usar esos lentes y saber que le dolían las sienes por lo apretujado de su pelo, quería dar un paso atrás de ese cuerpecito insignificante y verse en tercera persona.

Me quedé mirándome a los ojos por largo rato, con el sonido de la reunión familiar afuera, no importándome si mis primos pensaban que tenía diarrea. Y me hice insistentemente esa pregunta terca, ¿quién soy? Y quise con todas mis ganas que el formulador de esa pregunta se desprendiera de un brinquito de aquella a quien le urgía oír la respuesta. Y cerré los ojos intensamente hasta ver estrellitas destellantes en la oscuridad de la ceguera, para abrirlos con la esperanza de ya no encontrarme dentro sino fuera y poder salirme de la persona que era para tocar mi espalda desde atrás, palpando mi reflejo encarnado en el cuerpo que habito pero desde otra dimensión.

Qué ambición, qué insistencia, qué tremenda desesperación de no poder ver claramente y desde otro quién era esa niña que recién había sentido toda la fuerza de una pérdida de a de veras. No pude. Y recargando mis brazos fuertemente sobre la loseta lisa y fría hasta suspender mis pies en el aire, acercando la cara al reflejo y demandándole a un simple espejo que me contestara una pregunta existencial, tensé mi cuerpo y luego lo solté, dando unos pasos hacia atrás para verme completa. No pude. Así que tomé la decisión de hacerlo desde otra cosa que no fuera la fuerza y me miré a los ojos y moví de lado a lado la coleta, ladeando ligeramente la cabeza, como no entendiendo ya qué era nada en el mundo, eliminando por partes cada una de las certezas establecidas en mi mente. Si no sabía quién era yo pues no sabía ya qué era nada. Y a la pregunta desesperada que se prolongó por varios minutos siguió la calma de sentir que no era yo aquella de meses atrás, porque de la que había sido antes de que mi hermano se fuera no quedaba nada. Pensé que esa voz que dudaba adentro de mi iba a convertirse en la yo que abrazaría como mía. La parte más mía de mi, la más profunda, porque no se puede salir de mi interior pero sabe que no es ese nombre, ni esa cara, ni esas gafas, ni ese pelo, ni ese cuerpo entero ni por partes, sino esa duda, esa interrogante enérgica y hambrienta que me exigieron mis ojos a los ocho años, la única constante.

 

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