La desilusión

La desilusión se parece al sollozo último que una expira cuando termina un buen llanto; es una pérdida. Mi papá me lo ha dicho desde siempre, que desde que era muy niña fui proclive al melodrama. Que tengo una facilidad por hacerme escuchar las boberías más grandes, haciendo que parezcan importantes con el movimiento de las manos; eso hasta hoy, pero empezando cuando me sentaba en el coche junto a él, pequeñita, con las esclavas de oro apretándome las muñecas regordetas, y le contaba historias e historias que no habían de parar. Luego me lo repitió mi primer novio, quien me decía que tenía yo una forma de llorar que manipula. Pero esta vez no estaba yo intentando manipular a nadie, estaba sola, y de igual manera ese sollozo, seguido de un suspiro largo y un puchero consistente me salió igual de manipulador. Lo recuerdo como la primera vez que me sumergí en una tragedia, que fui víctima del mundo. Estaba a oscuras, parada en una de las escaleras que dan al garaje de la casa, aislada de todos los demás, recargada contra la pared con la cabeza inclinada hacia atrás en un gesto de derrota, como mirando hacia arriba e intentando maldecir todas las circunstancias que me tenían ahí, ya enterada de que la vida era otra a la que yo creía. Tenía nueve años. Nunca he sabido si fue una inclinación genuina o si fue sólo la influencia de usar gafas desde los cinco años pero de niña me gustaban los libros. Mi mamá nos leía historias todas las noches y yo recuerdo que con el tiempo esos cuentos ya no eran suficientes. Empecé a leer yo sola. Mucho por la escuela, mucho por aburrición, parte por tedio pero en su mayoría por gozo. Así que ese día yo lloraba con el libro entre mis manos, cuidando aún con todo y el despecho de no perder la página donde me había quedado.

Que no recuerdo el nombre de la pequeña novela es un mecanismo de defensa, pero recuerdo bien que las ediciones de esos libros para niños y pubertos venían etiquetadas en la contraportada con una leyenda que explicitaba qué edades podían leerlos. Y pues yo tenía nueve años y ese libro decía “de doce en adelante”. Maldigo la hora en que las ediciones de los libros para mi edad se me acabaron y tuve a bien leer libros para niños más grandes; maldigo la hora en que creí inocuo crecer más rápido, y ese día maldije la hora en que leí en las páginas un pasaje de la historia que no pude omitir y que me hizo saber que la magia de la navidad no era nada más que una mentira; una gran y enorme conspiración hipócrita que era mentira. Versaba algo así: “Porque todos sabemos que Santa Claus no existe, son los padres. Lo sabemos porque vemos en el armario semanas antes los regalos que supuestamente han de traernos en un trineo liderado por un reno al que le brilla la nariz, y conducido por un señor anciano y gordo que ni en broma podría recorrer todo el mundo en una noche; y les creemos a los padres que no son ellos los que compran los regalos y los esconden para dejarlos junto al árbol en la navidad. Por niños.” Me sentí profundamente engañada; el personaje de la novela era una niña furiosa que escribía siempre en contra de los padres y yo ese día comprendí que en este mundo ser niño es casi siempre equivalente a ser tratado como idiota. No lo podía creer, no lo quería creer. Porque mis padres habían sido los mejores Santa Claus. Cuando mi hermano vivía nos llegaba un casete con la voz de Santa hablándonos sobre nuestros regalos y nuestros amigos y felicitándonos por ser buenos niños y merecerlos. Yo había escuchado la voz de ese señor anciano y gordo que ni en broma podía hablar español ni grabar los casetes para todos los niños en todos los idiomas. Y cuando caí en cuenta de que no podía ser cierto caí en cuenta no sólo de que no era verdad sino de que yo no era especial, era ordinaria. Y yo por esas fechas estaba ya harta de descubrirme, insistentemente, tan ordinaria. El engaño se parece al momento en que una frunce el ceño a la hora de empezar un buen llanto; es una fealdad. Así que cuando leí esa página fui a la cocina con mi madre, le di a leer ese pasaje y le pregunté. “¿Es cierto lo que dice aquí, mamá?” Y me miró con ojos de desesperanza, sabiendo que ya no podía retroceder en el tiempo para ahorrarme la desgracia y habiendo leído rápidamente me entregó el libro de regreso y me dijo que sí. Se lo arrebaté y me fui a llorar a las escaleras.

Qué incauta, qué ingenua. Ahora que lo pensaba la ilusión de la navidad era una perfecta estupidez y yo me sentía perpleja. La develación de una verdad dolorosa se parece a la hinchazón que adquieren los ojos después de un buen llanto; es una marca. Ya no se me olvidó esa sensación de mortalidad tan aplastante. Si los brillos de diamantina plateada que marcaban el camino de la chimenea al árbol eran un montaje, si las campanas que sonaban cuando estaba ya en mi cama eran un montaje, si las cartas que Santa Claus me devolvía eran un montaje, todo lo demás también podía ser un montaje. Además, todas esas galletas se las habían comido mis papás. Y la duda y la rabia y la impotencia se acumularon en lo que yo siento ha sido mi llanto más manipulador. Porque me extirpé la sensación desde dentro hasta poder ignorar, los siguientes tres años, que eso era verdad. No estaba lista para saberlo y yo misma me conté que eso no había pasado y olvidé esa historia por completo y de ese libro no recuerdo ni el nombre. La negación se parece al desazón que una interpreta a propósito en los ojos al terminar un buen llanto; es un montaje.

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