Cleopatra

La primera vez que me enamoré fue de un güero, obvio. Por el natural malinchismo mexicano y la influencia anglosajona de mi escuela británica, yo creo. Me habían gustado otros güeros pero Beto fue el primero que me hizo sentir la angustia esa que te come las entrañas. Para las niñas enamorarse es muy natural, ¿sabes? Crecemos con juguetes llenos de corazones y se nos enseña desde chiquitas que una ha de buscar marido. Yo no recuerdo cuál fue el momento de mi vida en que aprendí a pensar al amor con esa idea del matrimonio, pero sí me acuerdo bien que me disfrazaba con una crinolina blanca y unos guantes que me llegaban hasta los codos, usaba un sombrero de paja con girasoles y jugaba a que me casaba.

Desde que mi hermano murió y dejé de jugar a construir mundos fantásticos, mi fantasía más recurrente era caminar hacia el altar hacia un príncipe azul. Y qué aburrido. Porque con Rodrigo combatíamos contra dinosaurios y construíamos naves espaciales o nos sumergíamos en las profundidades del mar, hacíamos obras de teatro y pasábamos la noche en tiendas de campaña al borde de un acantilado, mirando las estrellas en el estampado de sus sábanas. Y cuando tocaba jugar a las Barbies yo quería ser la mamá de sus superhéroes, que tenían en demasía un tamaño desproporcional al de mis muñecas; eran figuritas de acción, una cosita chiquita. Tal vez por eso me daba la impresión de que ser la Barbie mamá de Batman y Robín era cosa más seria que ser superhéroe, más parecida a la vida, con sus zapatitos que parecían reales y su ropita que hubiera querido ponerme. Pero jugábamos a que en el día los personajes de niños eran niños como nosotros y de noche combatían el mal en ciudad gótica. La noche de nuestros juegos duraba horas y los días eran muy aburridos, por ordinarios, yo creo.

Pero bueno, la idea era contar sobre cómo dibujaba en mis cuadernos un corazón que adentro guardaba nuestras iniciales; una A redonda y una B panzona para reemplazar mi enamoramiento de Bruno por Beto, pero es que Beto me pegó más duro, porque nunca supo, yo creo. Mis primas grandes me daban consejos, me decían que me sentara a su lado y le recargara la cabeza en el hombro y le cerrara el ojo. Como si alguna vez yo fuera a tener el valor de guiñarle a Beto, porque de la cabeza ni se diga. Él estaba siempre jugando fútbol en el recreo, siendo un niño normal que corría y se lastimaba las rodillas. Porque yo si de algo estoy consiente es de que no tengo ninguna cicatriz en las piernas porque los recreos me los pasaba sentada en alguna banca o en las gradas, mirando al frente a veces sin mirar nada y pensando en todas las cosas que me gustaba pensar. Yo era de esas niñas a las que anticipar un pensamiento le generaba emoción, más que correr o brincar. Me acuerdo que reservarme un momento a solas y en silencio para darle rienda suelta a un reflexión era de mis cosas favoritas, y sigue siendo, yo creo. Porque no hay nada más delicioso que construir en la imaginación una realidad improbable, unas veces más verosímil que otras, pero de igual manera ficticia.

Beto ni siquiera era especial, ahora que lo pienso, pero tenía una voz distinta a la del resto, rasposa e incitante, una seña de una madurez que no tenía a los once años, obvio. Lo que lo caracterizaba es que era el portero y por ello se había llevado dos que tres balonazos en los huevos que lo habían puesto de rodillas; y una vez lloró, y lloraba fuerte, porque le había dolido mucho. Por eso me enamoré, yo creo. Porque cuando lo vi llorar sentí que por fin toda esa distancia que nos separaba, no sólo a mí, sino a todas las niñas de los niños, desde el asiento metálico de las gradas hasta la cancha de concreto, se había reducido a la nada. Yo también lloraba como él cuando algo me dolía. Y fue impactante porque yo sólo había visto llorar a mi hermano, porque a mi papá nunca. Digo de los hombres de mi vida, ¿no? Estamos hablando de la historia de mis güeros. Lo vi de una forma tan cercana cuando fue vulnerable y fue tan franco al decir que le dolían sus partes, y sus partes eran tan algo que yo no tenía pero quería entender que ese día decidí que la B dibujada en mi cuaderno no era B de Bruno, sino de Beto.

Así que la gran oportunidad de mi vida fue cuando íbamos a actuar en la obra de teatro que nos tocaba montar a mí y a mi grupo ese año. Carol, la maestra, una gringa de trasero prominente y carácter despistado, quien había llegado a México en su despedida de soltera y se había enamorado mejor de un mexicano en Acapulco, dejado a su prometido en algún lugar del gabacho y mudado a la ciudad con nada más que su almohada, miró al salón, después de haber decidido que Beto haría el papel de Julio César y dando una ojeada breve fijó sus ojos en los míos, diciendo “Tú, Ale, vas a ser Cleopatra.” Mi corazón dio un salto ante la idea de convertirme en la mítica reina de Egipto que tenía fama por su belleza, que se bañaba en leche para conservarla y que, según se decía, había conocido al César en su palacio, apareciéndosele desnuda adentro de un tapete enrollado alrededor de su cuerpo. Era eso y que iba a tener que caminar frente a toda la escuela tomándole la mano a Beto, yo creo.

Los ensayos eran muy poco profesionales, obvio; porque el grupo era un conjunto de pre pubertos sin ningún interés por el teatro. Yo me desesperaba porque nadie le daba importancia a la puesta en escena, a mí mi hermano me había enseñado a tomarme en serio una actuación teatral. Así que todo intento de Carol por hacer que los niños imprimieran en los ensayos la fuerza que quería que tuvieran el día del estreno fue en balde. Fueron tomados como un trámite, haciéndose por mera obligación y a fuerza. Pero en mi vida fue un parte aguas del empeño que puedo poner en algo cuando lo hago estando enamorada. Me aprendí el guión completo, desde el principio hasta el final, sin importar a quién le tocaban las líneas yo podía recitar las de todos los personajes; y fantasee con ponerme las joyas de Cleopatra, sobretodo esas prendas cual coronas de metal en la cabeza y me soñé en un palacio desértico en tonos marrón, rodeada de gatos. E investigué sobre la historia de esa reina de otra época; causándome gracia que la gente haya sido tan históricamente engañada, porque si bien no dudo que Cleopatra fuera una caprichosa extravagante, estoy segura de que todo el circo de ser guapa escondió la estrategia que una mujer que se le planta desnuda a un conquistador pudo haber conseguido en materia política. Pero lo más triste fue que la mediocridad de los ensayos legitimó que ni una vez antes del estreno le tomé la mano al motor de mi compromiso artístico.

Llegó el día y yo me había esmerado de igual forma en el vestuario; tenía la túnica blanca y los brazaletes dorados y una peluca negra con el fleco egipcio apropiado. Y llevaba las pestañas pintadas con rímel porque ese día iba a presentarme ante la audiencia sin mis lentes puestos. Porque Cleopatra no usaba lentes, obvio. ¿Qué no digo que Cleopatra era guapa? En la primaria las niñas que usan lentes no pueden ser bonitas, a esas niñas sólo pueden ser inteligentes. Así que llegó la hora en que teníamos que hacer la entrada y Beto también llevaba su túnica y un perfecto juego de guirnaldas enrolladas en su rubia cabellera. Me quité los lentes para dejarlos tras bastidores y lo miré de frente, me respondió con una prolongada mirada a los ojos pintados y la ropa de reina, me miró de pies a cabeza hasta detenerse en mis labios enrojecidos con el labial de mi mamá; me extendió la mano cuál príncipe y tomando con firmeza mi palma reposada sobre la suya, caminó orgulloso de llevarme por todo el escenario. En un punto de la obra me invitó a tomarle del brazo y sentí las miradas de la escuela entera sobre nosotros y me latió el corazón al grado de sentir que iba a salírseme por las orejas, sabiendo que ese día a mí me habían sudado las manos por caminar al lado de Beto, pero que él se había sentido orgulloso de acompañar a Cleopatra. Desde entonces exigí de todo aquel del que me enamoro que inspire en mí ese compromiso por convertirme en el personaje de una mujer extraordinaria. Y obvio seguí dibujando corazones redonditos toda la primaria.

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