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Una de las contradicciones más grandes de mi vida es que en la víspera en que recibí la primera comunión sentí por primera vez el peso de un hombre sobre mi cuerpo, y el toque de unas manos masculinas en la grieta de mi lampiña vagina. Unos días antes de la gran ceremonia me confesé con el padre que había llevado la maestra de catecismo y le dije todas las travesuras ordinarias de una niña de diez años; que le había contestado mal a mi mamá y me había reído de mi abuela, que le había pegado a mi hermana y robado una moneda a mi papá, pero obvio no le dije que había desabotonado la camisa de Alejandro, una compañero de la escuela, mientras se acostó encima de mí en la cama de mis padres, ni que había metido su mano por debajo del calzón y de la falda, hasta dejarme sentir el frío tacto de sus dedos de niño en la abertura entre mis piernas; y mucho menos que me había gustado. Desde entonces pensé que era una idiotez que un mortal mediara mi contacto con Dios, porque el ingenuo sacerdote jamás iba a descubrir la omisión de haber dejado que un niño me tocara, y haber sentido el calor de su aliento así de cerquita y haberme sentido decepcionada cuando los otros niños habían decidido cambiar de juego por otra cosa y mi momento con Alex se había difuminado rápido, tornándose pronto en la nada de un recuerdo. Era eso y que yo no podía creer que a Dios eso le pareciera mal.

El catecismo era un espacio-tiempo gris e infértil. Recuerdo con vívida claridad el color de la luz blanca que iluminaba el salón de clases de aquella escuela católica a la que asistía algunas tardes por insistencia de mi madre, quien tenía una inquietud insistente por que mis hermanos y yo creciéramos bajo el orden católico, y quien incluso elaboró toda una conspiración para bautizarnos a escondidas de mi papá, a quien toda esa faramalla institucional para mediar con Cristo le parecía igual de ridícula. Yo no lo sabía entonces y supongo que lo quería más por encajar en la escuela que por haber entendido lo que mi papá advertía con enjundia: que todo aquello de la Iglesia era una trampa para quedar bien con los otros, con un conjunto de otros que no importaban. Pero yo en aquella época estaba convencida de querer aprender a hablar con lo que yo me imaginaba como un señor barbón al que me habían enseñado a pedirle y agradecerle cosas. “Dale gracias a Dios por tus juguetes.” “Dale gracias a Dios porque tienes salud.” “Pídele mucho a Dios porque todo salga bien” y “Tu hermano está en el cielo con Dios.” Y pues era en general un señor barbón muy benevolente porque a mí nunca me faltaron juguetes y nunca me enfermé y estaba convencida de que Rodrigo había sido un niño que se merecía el paraíso. Pero en el catecismo hablábamos de los pasajes de la Biblia y nos ponían a dibujar las uvas y a repetir hasta el cansancio esa historia de que uno ha de arrepentirse y sentirse avergonzado de las cosas que hace que no están bien ante los ojos de ese señor barbón que supuestamente nos amaba como nadie más.

La maestra, una mujer alta y robusta de tez blanca y pelo castaño, quien usaba unos pantalones que le cubrían el vientre hasta debajo de los senos y apretujaban su torso con un cinturón, era un personaje que usaba calcetines blancos con zapatos negros y tenía en general una pinta de pasarla muy mal casi diario y nos hacía repetir sin cesar la lista de los diez mandamientos. Se llamaba María Luisa y pues María es bonito, Luisa tiene carácter, pero junto “María Luisa”, es sólo nombre de madre superiora. Y yo repetía la lista, y entendía la historia general de cómo había nacido Jesús y podía ver por qué era importante ser buena. Me leí los fragmentos de la Biblia como los otros libros que me dejaban leer y aprendí del catolicismo como en cualquier otra materia. Pero no entendía por qué estaba mal que me sudaran las manos y se me acelerara el corazón y me diera gusto ver a Alex en mi casa cada que lo invitábamos a jugar. Por esa época yo había recién descubierto la sensación de frotar mi trasero con los recarga brazos del sillón de la sala de tele, mientras me acostaba con las piernas dobladas a mirar caricaturas, y supe desde el primer día en que lo hice y sentí una estimulación que se antojaba deliciosa, que aquello era privado, íntimo y hasta cierto punto vergonzoso. Jamás le dije a nadie lo que hacía, ni lo hacía muy seguido, pero mientras estaba frente al padre pensaba en aquella explicación de que la desnudez de Adán y Eva de pronto les había causado una vergüenza irremediable, así como a mí me daba pena que alguien notara que un movimiento de mi cadera, en el roce con el sillón, me hacía sentir mi cuerpo como lo que era: una cosa viva. Y me repetía en la cabeza lo que María Luisa nos decía, que el contacto entre los cuerpos de un hombre y una mujer era sagrado en cuanto se hacía para crear vida, porque el placer del cuerpo era una tentación prohibida que nos llevaría al castigo eterno. Entonces me acordé que cuando al separarse de mí Alex, y yo levantarme de la cama en el barullo de todos los niños, despeinada, con las mejillas enrojecidas por el ritmo cardiaco y el vestidito naranjado de estampado de corazones rosas todo alborotado, tuve una sensación de frescura y poder combinadas, una inmortalidad momentánea que nació de sentirme más carne que nunca. Sentí deseo. Y pues ese deseo me hizo sentir ambas poderosa y vulnerable, y creo que nunca había entendido tanto qué era un juego hasta que no sentí eso y elaboré un plan para disimuladamente solicitarle a Alex que volviéramos a jugar, sin ser muy obvia, sin que se notara mucho que quería. Pero al padre no le dije nada porque me pareció ambas que los dos Padres Nuestros y el Ave María que me habían ya de por sí recetado por mis travesuras -pena que era en sí ya suficiente para mi esperada inocencia- era mucho como para aumentarla con tal escandalosa declaración, y que la verdad, de alguna manera, no podía explicarme cómo eso podía estar mal. No le dije nada y me fui campante a cubrir la penitencia de mis pecados y obtener la absolución.

Así que en el día de la primera comunión, cuando formé parte de la ceremonia con mis compañeros de catequesis, ya se había elevado a grados insostenibles la fama que tengo por no quedarme callada, y mi entendimiento de las clases de la maestra del catecismo me ganó una popularidad que jamás había tenido en la escuela. No sé por qué, en contra de cualquier regularidad de la vida, en el grupo del catecismo sólo habíamos dos niñas y un montón de niños, y el consenso general era que yo le gustaba a todos. Me perseguían para darme besos, y se elaboró esa tarde un juego que consistía en correr para no ser alcanzada y verme víctima de sus abrazos; en general no les importaba ser varios, la lucha no era por ganarme primero y exclusivamente, pero sí para acomodar en mis cachetes sus babas y decirme que era bonita por haber leído la Biblia. En un punto de la tarde ya estaba yo exhausta de esconderme tras los arbustos del jardín donde había sido la fiesta, y me generaba frustración sentir el tambalear de mi corona de flores sobre la cabeza y ver arruinados los esfuerzos por mantenerla en su lugar toda la tarde. Hasta que resolví ir a esconderme debajo de una mesa, agotada y dolorida de los brazos por el forcejeo entre tres o cuatro niños y el mío, no por no recibir los besos, sino por los ajetreos de que pelearan para llegar a mis mejillas. Y me sentí desganada e impotente de tener que continuar con el juego. Así que ahí escondida, por un momento descansé al ver que había logrado ocultarme, pensando por la agitación general que aquello que sentía en ese momento era exactamente lo contrario a la frescura y poder que me había hecho sentir Alex; y sentí un horrible desasosiego, un temor por ser alcanzada por esa bandada de niños que las señoras de la fiesta decían que debían hacerme sentir halagada. Pero el alivio duró poco, porque en un instante se asomaron dos niños por debajo del mantel que me encubría y mi corazón se exaltó de espanto de que no podían entrar con calma y decirme las cosas lindas que supongo que querían decirme y en vez me miraron y quisieron jalarme de los tobillos, arrastrándome por el pasto para poder tomarme de rehén de sus cariños; así que a gatas quise huir y asomando la cabeza por el otro lado de la mesa me encontré con que mi papá estaba viendo todo y dijo con firmeza: “Oigan, no. Así no. Está bien si quieren darle besos, sólo no la jaloneen.”

Los niños de inmediato pararon y  estupefacta me levanté, sintiéndome avergonzada pero habiendo entendido todo. Mi papá había tenido razón todo el tiempo, en ese momento hubiera dado cualquier cosa por no haber querido ser parte de toda esa faramalla y desde ese momento resolví que el único problema de querer tocarse y besarse nace cuando se cree que está prohibido.

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