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Las Moscas

A mi hermana le dan asco las moscas, pero un asco más parecido al morbo que te incita a mirar las cosas con detenimiento y entender qué tanta repulsión te causan; y luego sentir más esa repulsión por verlas tanto y tan de cerca hasta tener que virar la mirada del asco, para luego volver, insistiendo en esa pulsión grotesca hasta que pare el ánimo ambas de sufrir y sentir reafirmación. Cuando ella era casi una bebé tenía los cachetes más redondos que yo haya visto jamás y una boquita formada en corazón que apuntaba a quien la mirara de frente un beso inacabado. La boca de mi hermana, con sus labios redondos, era la promesa que completaba el asombro que no se le quitaba nunca de la cara, pero un asombro más parecido a la duda que te incita a examinar las cosas para ver si son ciertas. Por esa época Andrea tenía una fijación extrañísima; se dedicaba por horas, con una paciencia quirúrgica, a atrapar moscas con la caja de cartón de un aceite de eucalipto que mi mamá nos ponía en el entrecejo antes de dormir. La abría con cuidado y cerraba la puerta de la habitación con una cautela silenciosa y se paraba frente al marco de la ventana, con el bulto de las nalgas asomándose en sentido y coordenada opuesta al de su boca de fresa y, con las manos recargadas entre el concreto y la madera que enmarcaba el vidrio de la ventana, esperaba sin tremor alguno a que una mosca moribunda se postrara frente a ella. Para entonces, con sus dedos largos y estilizados, atraparla con la caja, cuidadosamente deslizarla por el filo del muro hasta cubrir la abertura con una servilleta y cerrarla con satisfacción; si la mosca estaba más muerta que viva simplemente esperaba a darle una muerte por sofocación, si estaba más bien viva e intentaba volar, sacudía la caja junto a su oído, parando más la boca, abriendo más los ojos, y escuchando atentamente hasta percibir la muerte de su víctima. Y cuando estaba segura de que la mosca estaba muerta iba al baño para dejar caer el cadáver en el retrete, haciendo un puchero que no ha perdido en todos sus años, un puchero de desdén, y oprimía la palanca que terminaba de matar al insecto asqueroso en un remolino de agua que lo llevaría a la podredumbre. Lo hacía hasta el cansancio. Yo ese día, como tantos otros, la miraba realizar su fijada obsesión por el resquicio de la puerta del cuarto donde alguna vez había estado su cuna. Y le miraba los rizos del pelo que se elevaban al calor de la más mínima humedad y que formaban unos caireles café y dorado que soleaban su cabeza. Y observaba los pasos pequeños y tambaleantes de unos pies tan inocentes que no correspondían con una hazaña tan cruenta. Yo me admiraba de encontrar en tan pequeño ser tanta belleza. Andrea tenía, a mi parecer, la combinación genética de mis padres más acabada, con los rasgos más definidos, más prominentes, más avasalladores, y un carácter de no importarle nada poseerla. Yo la miraba con el morbo con que uno mira las cosas que no entiende, ese que te incita a observar lo ajeno con afán de fascinarse. Y me sentía intimidada por la determinación y la fiereza de una niña tan más pequeña que yo, a quien me decían debía cuidarle cuando yo sentía que debía cuidarme de ella. Andrea desde esa edad era dueña de su silencio. Estaba absorta en la totalidad de sus convicciones de tal manera que no era fácil hacerla caer en ningún juego, sus ojos encerraban en sí una neutralidad profunda, un desapego. La sensación de distancia de los prudentes y los alevosos, de la gente que sabe muy bien lo que no quiere. Yo la miraba a escondidas, con la humildad con que uno mira las cosas que realmente respeta, porque la manera de llevar su cuerpo, de apretar los dientes y entrecerrar los ojos con gesto de predador que hacía en las fotos, la mirada osada, la soltura de ella misma, era como salvaje. Tal vez por eso me mordía de vez en cuando, apretándome los dientes hasta sangrarme, incluso por encima de la ropa, y yo no era capaz de responderle, porque al lado de mi hermana yo soy débil, soy blanda. Andrea posee en sí ambas la docilidad de un corazón puro, suave y firme como sus mejillas y la sofisticación de una criatura feroz que no he encontrado yo en este planeta. Es indomable pero es precisa. Es malévola para ejecutar las causas más nobles. Y así como controlaba la caja de cartón que hacía de calabozo de moscas, estaba desde bebé en completo control de su carácter impredecible, de su velocidad sin rumbo, de su carrera sigilosa por un camino incierto. No sé, a lo contrario de mí, mi hermana pequeña me daba la impresión de que no le importaba un bledo lo que pasara en el mundo, sino lo que pasaba en el de ella. Yo, que siempre me había jactado de poseer en mi cabeza una realidad alterna, no podía ni imaginarme la arquitectura del mundo de mi hermana; que se me figuraba sin duda más apócrifo, más abstracto, más bello. Por osado. Porque Andrea desde sus primeros pasos ya era una rebelde, cuando me miraba fijo desde su cuna y me retenía los ojos felinos hasta poseerme por completo y se quitaba el chupón de la boca para lanzarlo al piso sin esfuerzo, sabiendo que yo iría rápido a recogerlo y así, tenerme cerca y hacer conmigo lo que fuera. Ese día yo la miraba atrapar moscas para animarme a ir por primera vez a mi clase de tenis. Porque mi hermana, desde pequeña, es la mujer más valiente que conozco y yo ese día necesitaba valentía.

Se me metió en la cabeza que quería jugar tenis por las ganas de usar esa ropa. Las faldas cortas con pliegues, las camisas con cuellos en v, los tenis blancos y toda la apariencia de esa atuendo que era lo único parecido a los tutús del ballet que podría usar en exteriores y con el cual hacer propiamente un deporte. Pero yo siempre he sido mala para los deportes; en la escuela, cuando tenía que jugar fútbol en la clase de educación física siempre me elegían al final, porque jugar conmigo y algún balón era un caso perdido. Según los libros que había leído era culpa de las gafas, porque los niños que usamos gafas tenemos siempre un miedo enorme al enfrentarnos con las pelotas, y es que duele mucho sentir el impacto de una de ellas reventarte en la cara y que se te caigan los lentes y ni hablar del temor de que se rompan y quedarse parcialmente ciego. Es horrible. Entonces yo me paraba ahí, desganada, sabiendo que iba a ser elegida hasta el final, no me importaba mucho porque estaba acostumbrada y si podía hacer cualquier cosa para mantenerme en la banca, mejor. Pero el tenis se me antojaba más fácil; para empezar, era más estético, las mujeres que había visto que lo jugaban lucían al mismo tiempo gráciles pero poderosas y la raqueta parecía un arma perfectamente potente para una pelota de ese tamaño. De alguna manera pensé que era mi último esfuerzo por hacerme diestra con los balones porque mi cuerpo lo usaba para bailar y nadar casi sin esfuerzo, pero la velocidad de las pelotas y el potencial de que dieran con mi cara era realmente aterrador.

Mi mamá tomó la decisión más fácil, me llevó con un maestro que vivía enfrente de mi casa, un ex jugador de tenis que tenía una cancha perfectamente armada y quien daba clases a niños que como yo querían iniciarse en el arte de la raqueta. Así que ese día, con mis pantalones deportivos de plástico sintético y mis tenis blancos, una playera blanca y con todo y gafas, fui por primera vez a jugar tenis, para descubrir que el maestro era un señor viejo, amargado y profundamente arrogante. Ese día que llegué inspirada por la siniestra valentía de mi hermana, creyendo que me iba a entrenar a mí sola me encontré con que había otro niño dos años menor, bastante corto de estatura, que estaba jugando con el hombre este que le gritaba cual sargento y le exigía que no perdiera ni una bola a gritos y escupiendo. El maestro me volteó a ver como me miraban los niños que eran buenos en la clase de gimnasia, examinándome de pies a cabeza el cuerpo larguirucho producto de mis genes y la danza, el cuello frágil, los brazos delgados y se detuvo, como todos, en el armazón de mis lentes. Sentí que pocas veces me habían juzgado tan severamente en tan corto tiempo. “¿Nunca has jugado tenis?” “No.” E Hizo una expresión como el desdén que le provocaban a mi hermana las moscas, así supe que estaba perdida. “¿Y cuántos años tienes?” “Once.” “Mmm…” Me dejó mirándolo, con el sol en la cara, los pantalones que al caminar sonaban como relámpagos por el roce entre las telas plastificadas me empezaban a quemar las piernas y yo sentí ganas de hacerle una mueca por la impotencia de que me mirara con el asco y el repudio que sólo es destinado a las criaturas que se creen inferiores. Me aguanté. Porque siempre he tenido un respeto por la autoridad de los maestros. Pero cuando me dijo “Pues mira, tú ya estás grande como para aprender a jugar bien y competir” e hizo una pausa, yo me le quedé mirando, indignada por su torpeza pedagógica y me acomodé los lentes que comenzaban a resbalárseme por la nariz con el sudor de la cara. “Como él.” Agregó, señalando con su raqueta al niño de nueve años que estaba entrenando para hacerlo campeón, supongo. “Pero mira, te puedo enseñar a hacer buenos saques, a responder las pelotas, a jugar más o menos pero para que te veas bien, para que te veas bonita. Porque aprender bien ya no.” Mi cerebro de niña aceptó su respuesta pero sentí sus palabras como el aguijón de una avispa en el centro de mi garganta. No supe qué decir, pero ya estaba ahí el veneno.

Así que comenzó a ponerme los ejercicios para aprender a levantar la pierna en el ángulo preciso a la hora de golpear la pelota y sacarla en al aire. Y tuve que repetir varias veces el saque que aunque fuera potente no estaba bien hecho porque mi pierna derecha se elevaba demasiado como para responder a la contención requerida en una niña. Y así no era y así no era y así no era. Y a mí se me empezó a desatar la cola de caballo al vigésimo intento. Es que es difícil desaprender que en las piruetas entre más arriba la pierna mejor, y este señor me insistía en que la belleza de mi saque dependía de la exactitud de mis movimientos, del control de mis brazos y me dijo, mientras se frotaba la gorra sobre la cabeza sudorosa en un gesto de desesperación “Ya después te enseño cómo va el ladeo de la cabeza.” Y yo, frustrada. Porque suficiente era el temor de que las pelotas que lanzaba el campeón de nueve años me golpearan como para poder concentrar la atención de mi débil vista sobre la pelota en el aire al contraste con el cielo soleado, y el esfuerzo por mantener los lentes en su lugar, y la sensación de los pantalones que adentro tenían un forro térmico escurriéndome las piernas me hizo entender la utilidad de las mini faldas en ese deporte. Encima, este maestro mediocre me estaba diciendo qué tenía que hacer para verme bonita e ignoraba la fuerza con que estaba golpeando las pelotas para ver si alcanzaba a pegarle en los huevos. Yo no quería preocuparme por verme de ninguna manera mientras me sudaban las nalgas y el bigote, a mí me gustaba la ropa del tenis pero mi idea de ir a clase de tenis era muy distinta a la tortura que estaba resultando.

Cuando por fin se acabó la hora que duraba la clase, me dijo: “Bueno, niña, ya estuvo por hoy, nos vemos la próxima semana.” Agregando que necesitaba que le dijera a mi mamá cuánto debía pagarle por la clase la próxima vez que nos viéramos. Lo miré fijo mientras me limpiaba el sudor de la cara con el brazo y no le dije ni una palabra. Yo creo que identificó mis ojos de odio por debajo del pelo que ya tenía en toda la cara y sosteniéndole fijo la mirada me acordé de mi hermana. Quien de principio no hubiera aguantado toda la hora y por lo menos le hubiera hecho la mueca voraz que usaba para ahuyentar a los idiotas y los indeseables. Me sentí tan incómoda, tan confundida, porque yo sí había pensado que quería verme bonita usando el uniforme de tenis que había visto en las películas, pero siempre pensé que verse bonita era una consecuencia de ser una jugadora grácil y poderosa y no una obligación que respondiera a los criterios de un anciano pedante. Lo odié a él y odié el tenis pero también me odié a mí misma. Odié mi incapacidad de verme bien haciendo una cosa tan sencilla, me sentí fea. Entonces lo odié más porque yo en ese momento no podía ver si estaba luciendo bella pero él decía que no y yo le creía. Así que azoté con fuerza la raqueta sobre el piso de la cancha, inspirada por una violencia que nunca había manifestado hacia ninguna figura de autoridad y furiosa me largué, azotando la reja de la cancha también, haciendo perder al campeón su concentración por un instante y crucé la calle toda sudorosa y sintiéndome profundamente impotente. Cuando mi mamá me preguntó que cómo me había ido le dije “No quiero regresar.” Tampoco le dije cuánto había que pagar. Y permanecí un tiempo sintiéndome perturbada, me generó una impotencia enorme no ser consecuente con cómo me había hecho sentir aquel hombre del que no recuerdo la cara, y me sentí de alguna manera avergonzada de contárselo a nadie. Cuando pude ser consciente de ello, quizá años después, entendí por qué admiro tanto la capacidad de mi hermana de ser firme y feroz, su disposición a ser franca, su inquietud por hacer justicia, su capacidad de estar tan absolutamente despreocupada por si a alguien le parece inadecuada la violencia que surge en una tras una agresión como esa. Y pensé que había entendido la fascinación que me causaba la determinante decisión que se le lee en los ojos a Andrea, cuando expresa que en el fondo le tiene muy sin cuidado que algún incauto confunda su agresiva personalidad con la malicia. Porque al lado de mi hermana yo soy débil, soy blanda.

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